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jueves, 16 de diciembre de 2010

Dios, felicidad del hombre

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Presentarnos un florilegio del pensamiento agustiniano sobre el tema de Dios como felicidad del hombre.

A) El objeto de la felicidad: sus condiciones "Todos deseamos vivir felices. No hay nadie en el género humano que no esté conforme con este pensamiento, aun antes de haber yo acabado su expresión. Ahora bien, según mi modo de ver, no puede llamarse feliz el que no tiene lo que ama, sea lo que fuere; ni el que tiene lo que ama, si es pernicioso; ni el que no ama lo que tiene, aun cuando sea lo mejor. Porque el que desea lo que no puede conseguir, vive en un tormento. El que consigue lo que no es deseable, se engaña. Y el que no desea lo que debe desearse' está enfermo. Cualquiera de estos tres supuestos hace que nos sintamos desgraciados, y la desgracia y la felicidad no pueden coexistir en un mismo hombre. Por lo tanto, ninguno de estos seres es feliz. Quédanos otra cuarta solución, y es, a mi parecer, que la vida es feliz cuando se posee y se arna lo que es mejor para el hombre. ¿En qué está el disfrutar una cosa sino en tener a mano lo que se ama ? No hay nadie que sea feliz si no disfruta aquello que es lo mejor, y todo el que lo disfruta es feliz; por lo tanto, si queremos vivir felices, debemos poseer lo que es mejor para nosotros" (De mor. Eccl. cath. 1,3,4: BAC., Obras t. 4 p.264; PL 32,13124).

B) La felicidad está en la perfección del alma

a) LO MEJOR PARA EL HOMBRE "Síguese de lo dicho que debemos buscar lo mejor para el hombre. Esto, desde luego, no puede ser cosa alguna que sea peor que él, porque lo que sea peor que él lo envilecería... ¿Será quizás otro hombre como él? Pudiera serlo, si no hubiese nada superior al hombre y susceptible de ser gozado por éste. Pero, si encontramos algo más excelente que pueda ser objeto del amor del hombre, no habrá duda de que debe el hombre esforzarse en conseguirlo para ser feliz.. Pues si la felicidad consiste en conseguir aquel bien que no tiene ni puede tener superior, a saber, el bien optimo, ¿cómo podremos decir que lo es la persona que no ha alcanzado su bien supremo? ¿Y cómo puede haber alcanzado el bien supremo si hay algo mejor a lo que pueda llegar?"

b) LA FELICIDAD DEL HOMBRE ES LA FELICIDAD DEL ALMA "Además, este bien debe ser de tal condición que no se pueda perder contra nuestra voluntad, porque nadie puede confiar en un bien si teme que se lo quiten aun queriendo conservarlo y abrazarse a él. El que no está seguro en el bien de que goza, no puede ser feliz mientras vive con ese temor" (ibid., 3,5). Debemos, pues, buscar qué es lo que hay mejor para el hombre. Ahora bien, el hombre es un compuesto de alma y cuerpo, y, desde luego, la perfección del hombre no puede residir en este último (ibid., 4,6). La razón es fácil: el alma es muy superior a todos los elementos del cuerpo, luego el sumo bien del mismo cuerpo no puede ser ni su placer, ni su belleza, ni su agilidad. Todo ello depende del alma, hasta su misma vida. Por tanto, si encontrásemos algo superior al alma y que la perfeccionara, eso seria el bien hasta del mismo cuerpo. Suponed que un auriga alimente, cuide y guie a sus caballos siguiendo mis consejos, ¿no soy yo el bien de esos caballos? Luego lo que perfeccione al alma será la felicidad del hombre (ibid., 5,7-8).

C) La felicidad es Dios Nadie duda que la virtud es la perfección del alma. Ahora bien, esta virtud, o es el alma misma, o es algo fuera de ella. Decir que la virtud es el alma misma equivale a un absurdo, porque el alma imperfecta, sin virtud, encontraría su perfección en poseerse a si misma, esto es, en poseer una cosa imperfecta. Luego la virtud es algo que está fuera del alma, y si no queréis darle este nombre porque lo reserváis para los hábitos y cualidades de la misma alma, entonces me referiré a aquello que hace que la virtud sea posible (ibid., 6,9). "Esto que confiere al alma que la busca, la virtud y la sabiduría, o es un hombre sabio o es Dios". El hombre no lo es, porque falla aquella condición de la inamisibilidad; "queda, pues, sólo Dios. El seguirlo está bien; el conseguirlo, no sólo bien, sino que es vivir feliz". Evidentemente me dirijo a aquellos que creen en Dios (ibid., 6,10). Bien claro nos lo dice la Sagrada Escritura: Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma (Mt. 22,23) . ¿Quieres más ? Sí quisiera, si fuera posible. ¿Qué te dice Pablo? Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman... Si Dios está por nosotros, quién contra nosotros?... ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? La desnudez? (Rm 8, 28~35). En Dios tenemos el compendio de todos los bienes. Dios es nuestro sumo bien. Ni debemos quedarnos más bajo ni buscar más arriba. Lo primero seria peligroso; lo segundo, imposible (lbid.).

D) Deseo innato de la felicidad La sabiduría, el conocer y poseer la verdad, es la felicidad para San Agustín. La opinión de los hombres es muy diferente acerca de dónde se encuentra la verdadera sabiduría; unos la colocan en el arte militar, otros en sus negocios, etc. "Si, pues, consta que todos queremos ser bienaventurados, igualmente consta que todos queremos ser sabios, porque nadie que no sea sabio es bienaventurado, y nadie es bienaventurado sin la posesión del bien sumo, que consiste en el conocimiento y posesión de aquella verdad que llamamos sabiduría. Y así como, antes de ser felices, tenemos impresa en nuestra mente la noción de felicidad, puesto que en su virtud sabemos y decimos con toda confianza, y sin duda alguna, que queremos ser dichosos, así también, antes de ser sabios, tenemos en nuestra mente la noción de la sabiduría, en virtud de la cual, cada uno de nosotros, si se le pregunta si quiere ser sabio, responde sin sombra de duda que sí, que lo quiere" (De lib. arbit. 9,25-26: BAC Obras de San Agustín t.3 p 351-353; PL 32,1254).

E) La felicidad consiste en conocer y poseer a Dios San Agustín dedica el capítulo 12 del libro Sobre el libre albedrío a demostrar la existencia de una verdad fuera de nuestra inteligencia y superior a ella. Basa su prueba en el hecho de que diversas inteligencias ven una misma verdad, y, por otra parte, esas inteligencias son tornadizas, y la verdad, inmutable. Por lo tanto, existe una verdad superior a nuestra razón. Esa verdad debe de ser nuestro sumo bien.

a) VARIOS GÉNEROS DE FELICIDAD INSATISFACTORIOS 'Te prometí demostrarte... que había algo que era mucho más sublime que nuestro espíritu y que nuestra razón. Aquí lo tienes: es la misma verdad. Abrázala, si puedes; goza de ella, y alégrate en el Señor y te concederá las peticiones de tu corazón (Ps. 37,4). Porque ¿qué más pides tú que ser dichoso? ¿Y quién más dichoso que el que goza de la inconcusa, incomnutable y excelentísima verdad?"... "Los hombres dicen que son felices cuando tienen entre sus brazos los cuerpos hermosos, ardientemente deseados, ya de las cónyuges, ya de las meretrices, ¿y dudamos nosotros llegar a ser felices abrazándonos con la verdad? Se tienen los hombres por felices cuando, secas las fauces por el ardor de la sed, llegan a una fuente abundante y salubre, o cuando, hambrientos, encuentran una comida o cena bien condimentada, ¿y negaremos nosotros que somos felices cuando la verdad sacia nuestra sed y nuestra hambre?"... "Con frecuencia oímos decir a muchos que son dichosos porque se acuestan entre rosas y otras flores, o también porque recrean su olfato con los perfumes más aromáticos; pero ¿qué cosa hay más aromática y agradable que la inspiración de la verdad? ¿Y dudamos proclamar que somos bienaventurados cuando ella nos inspira?".. . "Muchos hacen consistir la bienaventuranza de la vida en el canto de la voz humana y en el sonido de la lira y de la flauta, y cuando estas cosas les faltan se consideran miserables y cuando las tienen saltan de alegría; y nosotros, sintiendo en nuestras almas suavemente y sin el menor ruido el sublime, armonioso y elocuente silencio de la verdad, si así puede decirse, ¿buscaremos otra vida rnás dichosa y no gozaremos de la tan cierta y presente a nuestras almas ?". . . "Cuando los hombres encuentran sus delicias en contemplar el brillo del oro y de la plata, el de las piedras preciosas y de los demás colores, o en la contemplación del esplendor y encanto de la misma luz que ilumina nuestros carnales ojos, ora proceda ella del fuego de la tierra, ora de las estrellas, o de la luna, o del sol, y de este placer no les aparta ni la necesidad ni molestias de ningún género, y les parece que son dichosos, y por gozar de ellas quisieran vivir si empre, ¿temeremos nosotros hacer consistir la vida bienaventurada en la contemplación del esplendor de la verdad?"

b) LA VERDAD, SUPREMA FELICIDAD "Todo lo contrario, y puesto que en la verdad se conoce y se posee el bien sumo, y la verdad es la sabiduría, fijemos en ella nuestra mente y apoderémonos así del bien sumo y gocemos de él, pues bienaventurado el que goza del sumo bien..." "Esta, la verdad, es la que contiene en sí todos los bienes que son verdaderos, y de los que los hombres inteligentes, según la capacidad de su penetración, eligen para su dicha uno o varios. Pero así como entre los hombres hay quienes a la luz del sol eligen los objetos, que contemplan con agrado, y en contemplarlos ponen todos sus encantos y quienes, teniendo una vista más vigorosa, más sana y potentisima, a nada miran con más placer que al sol, que ilumina tambien las demás cosas, en cuya contemplación se recrean los ojos más débiles, así también, cuando una poderosa inteligencia descubre y ve con certeza la multitud de cosas que hay inconmutablemente verdaderas, se orienta hacia la misma verdad, que todo lo ilumina, y, adhiriéndose a ella, parece como que se olvida de todas las demás cosas, y, gozando de ella, goza a la vez de todas las demás, porque cuanto hay de agradable en todas las cosas verdaderas lo es precisamente en virtud de la misma verdad".

c) LIBERTAD, FELICIDAD Y VERDAD SUPREMAS "En esto consiste también nuestra libertad, en someternos a esta verdad suprema; y esta libertad es nuestro mismo Dios, que nos libra de la muerte, es decir, del estado de pecado. La misma verdad hecha hombre y hablando con los hombres, dijo a los que creían en ella: Si fuereis fieles en guardar mi palabras seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Io 8,31-32). De ninguna cosa goza el alma con libertad sino de la que goza con seguridad" (cf. De lib. arbit. 13,35-37: BAC, t. 3 p.369-73; PL 32,1260).

d ) DIOS, SUPREMO BIEN DEL HOMBRE En resumen, "el que busca el modo de conseguir la vida feliz, en realidad no busca otra cosa que la determinación de ese fin bueno en orden a alcanzar un conocimiento cierto e inconcuso de ese sumo bien del hombre, el cual no puede consistir sino en el cuerpo, o en el alma, o en Dios; o en dos de estas cosas o en todas ellas. Una vez que hayas descartado la hipótesis de que el supremo bien del hombre puede consistir en el cuerpo, no queda más que el alma y Dios. Y si consigues advertir que al alma le ocurre lo mismo que al cuerpo, ya no queda más que Dios, en el cual consiste el supremo bien del hombre. No porque las demás cosas sean malas, sino porque bien supremo es aquel al que todo lo demas se refiere. Somos felices cuando disfrutamos de aquello por lo cual se desean los otros bienes, aquello que se anhela por si mismo y no por conseguir otra cosa. Por lo tanto, el fin se halla cuando no queda ya nada por correr no hay referencia ulterior alguna. Allí se encuentra el descanso del deseo, la seguridad de la fruición, el goce tranquilísimo de la buena voluntad" (cf. Epist. 118,313: BAC, Obras t. 8 p.854; PL 33,4381.

F) Inclinación sobrenatural a Dios

El deseo sobrenatural y la necesidad que tenemos de Dios nos muestra que Dios es nuestro fin. San Agustín se imagina aquella escena del Génesis en que el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, como símbolo del Espíritu Santo, moviéndose sobre el abismo de nuestras almas e impulsándolas hacia arriba.

"¿Qué diré de ese peso de los deseos que nos empuja hacia el abismo negro, y del modo como nos levanta el Espíritu Santo, que se mueve sobre las aguas? ¿Cómo explicaré que nos hundimos y que flotamos? ¿ Qué semejanza encontraré?.. . Son nuestros afectos, son nuestros amores, son las inmundicias del espíritu humano, que se escurre hacia abajo con el amor de los cuidados y es tu santidad la que nos sube con el amor de la seguridad, para que elevemos nuestro corazón a ti y alcancemos aquel descanso supereminente después que nuestra alma haya atravesado estas aguas que no tienen consistencia (Ps. 123,5)" (cf. Confesiones XIII, 7,8; BAC Obras de San Agustín t.2 p.904-910; PL 32.847). "Resbalan los ángeles, resbala el alma del hombre, y todas las criaturas espirituales caerían en el abismo profundo y tenebroso si tú no hubieses dicho desde un principio Hágase la luz (Gen. 1.3), Y la luz se hubiera hecho... Y esta misma miserable inquietud de las almas que resbalan y que nos muestra sus tinieblas, una vez desnudas del vestido de tu luz, nos enseña suficientemente la grandeza de la criatura racional que no puede conseguir el descanso feliz con nada que sea menos que tú y, por lo tanto, nunca en sí misma. Tú, Dios mio, iluminarás nuestras tinieblas (Ps 17,29)..., pues de ti nacen nuestros vestidos, y nuestras tinieblas serán como mediodía (Ps. 138,12). Entreguéme a ti, Dios mío, vuelve a mí; yo te amo, y si te amo poco, te amaré más. No puedo medir y saber cuánto amor tuyo me falta para llegar a la suficiencia y que mi vida alcance tus abrazos y no se separe de ti hasta que pueda esconderme en tu rostro (Ps. 30,21). Sólo sé una cosa, que me va mal fuera de ti, y no sólo fuera de ti, sino hasta en mí mismo, y toda riqueza que no sea mi Dios es pobreza para mí" (ibid., XIII, 8,9).

C) La felicidad exige la eternidad "Tarde te he amado, ¡oh Hermosura tan antigua y tan nueva!; tarde te he amado, y te tenía dentro, y yo andaba fuera y te buscaba allí y me desparramaba por las cosas hermosas que tú hiciste. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Me sujetaba lejos de ti todo aquello que, si no hubiese estado en ti, hubiera perdido el ser. Y tú me llamaste y tu gritaste y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y desvaneciste mi ceguedad; despediste tu fragancia y pude guiar mi espíritu, y ahora te anhelo. Gusté de ti y tengo hambre y sed. Me tocaste, y me ha colmado tu paz" (cf. Confesiones X,27,38: BAC, t.2 p.751, PL 32,795). "Cuando me uno a ti totalmente, no sufro dolores ni trabajos; mi vida se llena toda de ti, pero, como quiera que tu levantas a los que llenas y ahora no estoy lleno, me soy una carga para mí mismo. Batallan las alegrías mías, que merecen llorarse, con las penas que debían alegrar, y yo no sé distinguir hacia qué parte se inclina la victoria. ¡Ay de mí, Señor! ¡Compadécete de mí! Pelean mis tristezas malas con las alegrías buenas, y no sé en qué parte está la victoria. ¡Ay de mí, Señor! ¡Compadécete de mí! ¡Ay de mí! No escondo mis heridas. Tú eres el médico, y yo el enfermo; tú el misericordioso, y yo el mísero. ¿No es acaso una tentación la vida humana en esta tierra? (Job 7,1). ¿Hay quien desee sus molestias y dificultades? Tú mismo me mandas que las soporte, pero no que las ame. Nadie ama lo que soporta, aunque ame el tolerarlo. Si bien se alegran de su paciencia, preferirían que no existiera lo que la ocasiona. En medio de la adversidad deseo la prosperidad; en la prosperidad temo la adversidad. Y en medio de todo ello, ¿como no va a ser tentación la vida humana? ¡Ay, una y mil veces, de las prosperidades del siglo, del temor de la adversidad y de la corrupción de la alegría! (ibid., X,28,39).

H) La gloria, esperanza de los hijos adoptivos

a) HIJOS DE DIOS EN LA ESPERANZA CR/HIJO-DE-D: Haznos ver, ¡oh Yavé!, tus piedades y danos tu ayuda salvadora (Ps. 84,8). Danos tu misericordia, que no es otra cosa sino Cristo, el pan que bajó del cielo. Nos dio a Cristo, pero a Cristo hombre, y el que nos lo dió hombre, nos lo ha de dar también como Dios. A los hombres les dio un hombre, porque no podían verle de otra manera. A Cristo Dios ningún hombre puede verle. Se hizo hombre para los hombres; se reserva en cuanto Dios para los dioses. ¿Estoy hablando quizá soberbiamente? Lo sería si El mismo no hubiese dicho: Sois dioses, sois hijos del Altísimo (Ps. 81,6, y Jn. 10,34). La adopción divina nos renueva, nos trueca en hijos de Dios. Por ahora lo somos, pero sólo por la fe y en la esperanza, no en la realidad... Ahora creemos lo que no vemos; pero, permaneciendo firmes en creer lo que no se ve, conseguiremos ver lo que creemos. Por eso Juan en su Epistola nos dice: Ahora somos hijos de Dios, aunque no se ha manifestado lo que hemos de ser (1 Jn. 3,2). ¿Cómo no saltaria de gozo un pobre peregrino, desconocedor de su familia, hambriento y lleno de calamidades, si de repente se le dijera: Eres hijo de un senador, tu padre nada en riquezas y te llama? ¿Cuál no seria su alegría sI estas promesas no fueran falsas? Pues ahí tenéis que un Apostol de Cristo, que no miente, se os acerca y dice: ¿Por que desesperáis, por qué os afligís y os quebrantáis de pena, por qué os empeñáis en vivir en la miseria de estos placeres siguiendo vuestras concupiscencias? Teneis un Padre, teneis una patria, tenéis un patrimonio. ¿Quien es el Padre?. Somos hijos de Dios. ¿Por qué, pues, no vamos a nuestro Padre? Porque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. ¿Y qué seremos? Seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es" (ibid.).

b) HERMOSURA DE DIOS Pero quizás veamos al Padre y no a Cristo. "Oye a Cristo: El que me ve a mí, ve a mi Padre (Io. 14,9). Cuando se ve al Dios único, se ve a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo... Meditad, hermanos, aquella hermosura. Todas estas cosas que veis y que amáis, las hizo El y si son hermosas, ¿qué no será El mismo? Si son grandes, ¿cuán grande será El? Sírvanos todo esto que amamos para encendernos en deseos mayores de El y, despreciándolas, amarle... ¡Oh Señor!, danos a tu Cristo, conozcamos a tu Cristo, veamos a tu Cristo, no como lo vieron los judíos que lo crucificaron, sino como lo ven los ángeles, que lo ven y gozan" (cf. Enarrat. in Ps. 84,10: PL 36,1073).

I) Tranquilidad eterna del cielo

a ) FELICIDAD TRANQUILA CIELO/COMO-SERA/AG "¿Qué recibirán los buenos?... Os he dicho que estaremos a salvo, viviremos incólumes, gozaremos la vida sin pena, sin hambre. sin sed, sin defecto alguno, con los ojos limpios para la luz. Todo eso os he dicho y, sin embargo, me he callado lo principal. Veremos a Dios, y ésta es tan gran cosa, que en su comparación todo lo anterior es nada... A Dios no puede versele ahora tal y como es; sin embargo, le veremos, por eso se dice que el ojo no vio ni el oído oyó, pero lo verán los buenos, lo verán los piadosos, lo verán los misericordiosos" (Serm. 128,11 PL 38,711).

b) FELICIDAD ETERNA "¿Y qué, hermanos? Si os preguntase si queréis ser felices, si queréis vivir sanos, todos me contestaríais que desde luego. Pero una salud y una vida cuyo fin se teme, no es vida. Eso no es vivir siempre, sino temer continuamente Y temer continuamente es ser atormentado sin interrupción y siI vuestro tormento es sempiterno, ¿dónde está la vida eterna? Estamos muy seguros de que una vida, para ser feliz, necesita ser eterna; de lo contrario, no sería feliz ni aun siquiera vida, porque, si no es eterna, si no se colma con una saciedad perpetua, no merece el nombre ni de felicidad ni de vida... Cuando lleguemos a aquella vida prometida al que guarde los mandamientos, habré de decir que es eterna? ¿Habré de decir que es feliz? Me basta con decir que es vida porque es vida, es eterna y es feliz. Y cuando la alcancemos podemos estar seguros de que no ha de fenecer. Pues si, una vez llegados a ella, estuviéramos inciertos sobre su futuro temeríamos, y donde hay temor hay tormento, no del cuerpo sino de lo que es más grave, del corazón, y donde hay tormento, ¿cómo podrá haber felicidad? Luego bien seguro es que aquella vida es eterna y no se acabará porque viviremos en aquel reino del que se ha dicho que no tiene fin (Lc. 1,33)" (Serm. 307,7: PL 38,1403).

C) SACIEDAD INSACIABLE "Saciedad insaciable, sin cansancio; siempre hambrientos y siempre saciados. Oye dos sentencias de la Escritura: Los que me comen tendrán más hambre de mi, y los que me beben quedarán sedientos (Si 24,21). Y para que no pienses que allí puede haber necesidad o hambre, oye al Señor: Quien bebe de esa agua, volverá a tener sed (Io. 4,131. Pero me preguntas: ¿cuándo será esto? Cuando quiera que sea, tú espera al Señor, ten paciencia, obra virilmente y ensánchese tu corazón: falta menos de lo que ha pasado" (Serm. 170.9 : PL 38,932) .

J) Exhortación final

San Agustín comenta las palabras del Apóstol: Alegraos siempre en el Señor (Flp 4.4-6). El Apóstol nos manda alegrarnos, pero no en el siglo, sino en el Señor. Hay dos gozos diferentes: uno es el gozo de este siglo y otro el gozo de Dios. Hay dos gozos de Dios: uno en esta vida y otro en el cielo. Pero ¿como no me podré alegrar con el gozo de este siglo, si vivo en él ? Levantándome sobre este mundo y pensando en Cristo. Cristo está cerca.

a) DIOS Y EL HOMBRE "¿Puede haber dos cosas más lejanas y remotas que Dios y los hombres, el inmortal y los mortales, el justo y los pecadores?... Muy lejos estaba de nosotros, mortales y pecadores, el que era inmortal y justo, pero descendió hasta la tierra para estar muy cercano el que vivía lejos. ¿Y qué hizo? EI tenía dos bienes, y nosotros dos males. El, dos bienes: la justicia y la inmortalidad; nosotros, dos males: la iniquidad y la muerte. Si hubiese asumido nuestros dos males, hubiese sido como uno de nosotros y hubiera necesitado también un liberador. ¿Qué hace, pues, para ser próximo a nosotros? Próximo quiere decir no igual a nosotros. sino cercano. Considera dos cosas: es justo y es inmortal. En nuestros dos males, uno es la culpa y el otro la pena. La culpa consiste en ser malos; la pena, en ser mortales. El, para hacerse próximo a nosotros tomó nuestra pena, pero no nuestra culpa, y si tomó ésta fué para borrarla. no para obrarla... Permaneciendo justo, recibió la mortalidad, y asumiendo la pena, pero no la culpa, borró la culpa y la pena".

b) LA ALEGRÍA DEL SIGLO Y EL GOZO DE DIOS "¿Cuál es el gozo de este siglo? Gozarse en el mal, en la torpeza, en la fealdad, en la deformidad; en todo esto se goza el siglo... Te lo diré brevísimamente: La alegría del siglo es la maldad impune". Viven los hombres en medio de sus delitos, y si no les sobreviene un castigo, se consideran felices. "He aquí la alegría del siglo, pero Dios no piensa como el hombre; sus pensamientos son muy distintos". "Somos hijos. ¿Cómo lo sabemos? Porque murió por nosotros el Unigénito, para no seguir siendo uno solo. No quiso ser uno solo el que murió solo. El Hijo único de Dios engendró otros muchos hijos de Dios... ¿Dudaréis que va a repartir sus bienes el que no se creyó indigno de recibir nuestros males? Luego, hermanos, gozaos en el Señor y no en este siglo, esto es, gozaos en la verdad y no en la iniquidad; gozaos en la esperanza de la eternidad y no en la flor de la vanidad. Por lo tanto, dondequiera que os encontréis, sabed que el Señor está próximo (Flp. 4,5)".

La paradoja de la felicidad

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Solemnidad de Todos los Santos

Mt 5, 1-12a Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.
"Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
"Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.
"Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
"Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
"Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
"Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
"Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

La paradoja de la felicidad
por Luis de Moya

Al oir estas palabras del Señor e imaginándonos la escena –Jesús ante un numeroso grupo que le escucha, mientras Él con paciencia, pero con mucha fuerza, va detallando cómo han de ser los santos–, no podemos sino afirmar su deseo grande de que muchos encuentren una felicidad plena, completa. Ese "Bienaventurados", que repite una y otra vez, parece contener su deseo de vernos colmados, definitivamente satisfechos para siempre. El común destino –la Bienaventuranza– que aguarda a los que demuestren ser suyos en las diversas circunstancias que Jesús va desgranando, es una tal felicidad y satisfacción, según sugiere la reiterada repetición de una única palabra, que no es posible pensar en nada mejor.

La bienaventuranza es el Cielo, ese estado perfecto para el que hemos sido pensados por Dios, Nuestro Señor y Padre amorosísimo. En el Cielo nos desea Dios que, en su Amor, quiere lo mejor para el hombre, la intimidad con Él mismo. Pues, siendo Él Amor, no nos ofrece un bien de grandes proporciones, sino su misma perfección absoluta. Es evidente que no tenemos capacidad para imaginar el Cielo. En efecto, como concluye el Apóstol: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman.

Resulta desde luego paradójico, como hemos leído en el evangelio de hoy, que por lo adverso se llegue a la más completa y eterna felicidad. No es así como nos organizamos de ordinario en este mundo. De hecho, suele entenderse la plenitud humana como un acumular satisfacciones y, a ser posible, que sean variadas y abundantes: a más satisfacciones, más felicidad, pensamos. Sin embargo, el Señor insiste en que la plenitud propia de los hombres no está en eso. Consiste más bien, repite una y otra vez, en el desprendimiento de los bienes materiales, porque no son nuestro fin; en la limpieza de corazón, para amar dignamente a los demás, libres de otras compensaciones; en sufrir con paciencia la adversidad, de un ambiente que con frecuencia es ajeno a Dios; en conservar la paz, cuando sería más fácil recurrir a la violencia; en ser menospreciados, por permanecer leales a la fe...

Todo esto exige esfuerzo por parte del cristiano: renunciar a ese planteamiento de la vida que busca sencillamente el confort a corto plazo y contempla al hombre como un ser sólo de este mundo. Exige, en fin, del discípulo de Cristo, una confianza absoluta en su Señor, que le asegura eso: la Bienaventuranza, pero a través de objetivos costosos. Como diría un místico: per aspera ad astra, a lo más esplendoroso se llega a través de lo difícil.

Hoy, que la Iglesia celebra la gran solemnidad de Todos los Santos, meditamos en esta paradójica lección del Señor, encomendándonos a la protección de aquellos que ya alcanzaron la meta; para que, como a los santos, la confianza en Dios nos anime a perder el miedo a lo que cuesta y Él espera. Conoce de sobra nuestro Dios la flaqueza de sus hijos y nuestra tendencia a buscar caprichosamente pequeños deleites inmediatos. Más aún, sabe que, aunque queramos, somos incapaces, sin su ayuda, de vivir el ideal de generosidad que nos propone. Pero con Él sí. Sabiéndonos hijos pequeños de un Padre Todopoderoso y Bueno, y comportándonos como tales, nada nos es imposible. Hasta los errores, las infidelidades, los pecados, incluso los más graves, si nos arrepentimos sinceramente, encuentran el perdón en el corazón de nuestro Dios y Padre, y pueden ser para sus hijos la ocasión de grandes virtudes por su Gracia.

Como Maestro, sabe que enseña algo en cierta medida nuevo para el hombre, revolucionario diríamos hoy. Ese afán de muchos por disfrutar a base de no tener problemas y gozar al máximo de estímulos placenteros, no es propiamente, ni puede ser, la causa de la verdadera felicidad en los hombres, que estamos hechos para bastante más. Estamos pensados, para la Bienaventuranza, la felicidad completa, definitiva, que no se puede perder una vez lograda, y es la mayor posible para cada persona. Pero, en todo caso, ya sabemos que no tenemos capacidad para imaginarnos el Cielo...: Dios mismo colmando amorosamente nuestra pequeñez.

Jesucristo, que nos habla del Cielo, animándonos a la Bienaventuranza a la que hemos sido destinados –vale la pena insistir en ello– por el amor que Dios nos tiene, Él mismo nos indica el camino. Es el camino recorrido ya por la multitud de los santos, que nos han precedido y hoy celebramos. Un camino transitado muchas veces, en las más variadas circunstancias y por personas de toda condición. También hoy tenemos cada uno nuestro propio camino hasta el Cielo, que seremos capaces de recorrer con la ayuda de Dios.

A Santa María, Madre nuestra y Reina de todos los santos, nos encomendamos. Para que guíe nuestros pasos hasta la Eterna Bienaventuranza. Así hacen las madres de la tierra con sus pequeños, que los observan y animan con amor mientras caminan, y los socorren si hace falta en sus tropiezos.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Pobres y libres

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La viuda que, bajo la mirada silenciosa de Cristo, echó dos monedas insignificantes –todo lo que tenía– como limosna para el templo de Jerusalén, es una imagen de lo que la Iglesia y cada cristiano podemos y debemos hacer hoy.

En ese pasaje del Evangelio se detuvo Benedicto XVI durante su viaje a Brescia. Muy parecido a la muerte de Jesús –que lo dio todo por la salvación del mundo– “en el gesto de la viuda se concentra todo el amor de aquella mujer por Dios y por los hermanos: no le falta nada y no se le puede añadir nada”.

Recogió luego algunas frases del “Pensamiento en la muerte”, de Pablo VI. Dirigiéndose a la Iglesia, expresaba un deseo que era a la vez un requiebro y una oración: “Que Dios te bendiga, sé consciente de tu naturaleza y de tu misión, ten conciencia de las verdaderas y profundas necesidades de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, siendo fuerte y amando a Cristo". Y el Papa actual quiso subrayar esas últimas palabras: pobre y libre, señalando que “así debe ser la comunidad eclesial para poder hablar a la humanidad contemporánea”.

¿Qué puede querer decir esto cuando todos entendemos que hacen falta ciertos medios para anunciar el Evangelio? Esto no se niega. Sólo se confirma lo que el Concilio Vaticano II quiso expresar, cuando señaló que la Iglesia, “aunque el cumplimiento de su misión exige recursos humanos… reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente” a la vez que “se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo” (Constitución sobre la Iglesia, n. 8).

Once años después, en su exhortación sobre la Evangelización en el mundo contemporáneo (1975), Pablo VI explicaba cómo ser “pobre y libre” es una condición para el anuncio del Evangelio: “Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra, de santidad”.

Benedicto XVI ha dicho por activa y por pasiva que la Iglesia debe ser cercana a los pobres y a los que sufren; que todo Obispo –insistió en Camerún– debe ser “el primer defensor de los derechos de los pobres” y que esto es también un deber especial de los fieles laicos. En el último Jueves Santo señaló concretamente: “Si nos convertimos en una sola cosa con Cristo, aprendemos a reconocerlo en los que sufren, en los pobres, en los pequeños de este mundo; entonces llegamos a ser personas que sirven, que reconocen a Sus hermanos y hermanas y que en ellos le encontramos a Él mismo”. El Papa sostiene que es necesario no sólo acercarse a los pobres sino, como hizo Cristo, hacerse pobre para enriquecer a otros con la propia pobreza llena de amor, de modo que la invitación a frenar la voracidad insaciable, el consumo y el ansia de poseer –tan típicos de nuestra época– encuentre, en quienes los denuncian, un testimonio creíble, por la razón de que llevan una vida sencilla y siempre disponible para compartir y ayudar.

No se trata, por tanto, de instalarse en la pobreza como indigencia, que hay que “combatir” (también las pobrezas no materiales que no son menos pobrezas: marginación, pobreza moral y espiritual, etc.), sino de un principio que Benedicto XVI expuso con nitidez en la Jornada mundial de la paz (1-I-2009): “Para combatir la pobreza inicua, que oprime a tantos hombres y mujeres y amenaza la paz de todos, es necesario redescubrir la sobriedad y la solidaridad, como valores evangélicos y al mismo tiempo universales”. Esto tiene una primera condición: “No se puede combatir eficazmente la miseria, si no se hace lo que escribe san Pablo a los Corintios, es decir, si no se intenta ‘hacer igualdad’, reduciendo el desnivel entre quien derrocha lo superfluo y quien no tiene siquiera lo necesario”.

Pobre y libre. Así quería Pablo VI a la Iglesia como consecuencia del amor a Dios y a la humanidad. Pobres y libres deberíamos aspirar a ser todos los cristianos. Cada uno verá el modo en que puede lograrlo, viviendo con lo necesario según su condición. Pero no hay alternativa: o pobres y libres –capaces por eso de atraer a muchos hacia el Evangelio–, o esclavos de la incoherencia.

Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas Universidad de Navarra
Publicado en cope.es, 11-XI-2009
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Fidelidad: una fe para toda la vida

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Una constante en la vida de Fe es que es fácil comenzar, pero difícil continuar.


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Cada persona tiene una historia personal en su relación con Dios y con la fe. En algunos casos se remonta a la niñez, con las enseñanzas de nuestros padres. En otros casos hay largos períodos de alejamiento hasta que un día Dios toma la iniciativa. No es raro que muchas personas cuando llegan a cierta edad reconsideran su relación con la fe, cuando se dan cuenta de cómo Dios ha estado siempre presente en sus vidas.

El conocer nuestra fe siempre entusiasma. Cuando el Espíritu Santo actúa en nosotros y nos permite entender cosas que antes no comprendíamos, o cuando se llena nuestro vacío interior con la presencia de Dios, hay un período de gran entusiasmo y alegría. Sin embargo los seres humanos siempre tendremos una constante lucha interior.

Cuando leemos las Sagradas Escrituras, podemos ver que los seres humanos nunca hemos sido particularmente fieles a Dios. Basta darle un vistazo al Antiguo Testamento para percatarse de ello. Por ejemplo, cuando leemos el Éxodo, es fácil pensar “qué barbaridad, qué cabeza dura eran los judíos: Dios los liberó de la esclavitud en Egipto, les dio de comer con el maná caído del cielo, les prometió su propia tierra, ¿Y qué hacen ellos? Van y construyen un becerro de oro” (Ex 32,8). Y casi inmediatamente después de pensar eso, uno se da cuenta que nuestra historia personal es muy similar.

Decía el beato Josemaría que “La conversión es cosa de un instante. -La santificación es obra de toda la vida” (Camino N° 285).

La vida de fe, la vida interior, es un camino siempre cuesta arriba en el que es difícil avanzar, y fácil retroceder. En cierta forma, la vida interior es como nadar: la única manera de seguir a flote y no hundirse es nadando.

Las infidelidades que podemos tener con Dios pueden ir desde un mero alejamiento de Él hasta ofenderlo gravemente.

Cuando nos hacemos el propósito de llevar nuestra fe con más profundidad al poco tiempo nos damos cuenta que no es sencillo. Por ejemplo, al hacerse el propósito de hacer oración, uno concluye rápidamente que sentarse -aunque sea solo diez minutos- a conversar con Dios no es nada fácil. Si un día decidimos rezar diariamente el Rosario, nos daremos cuenta al poco tiempo de que cuesta trabajo concentrarse o incluso hallar el tiempo necesario dentro de las actividades cotidianas. Si seguimos así, terminaremos incluso teniendo pereza para ir a Misa los domingos.

Por otra parte, nuestros propósitos de estar continuamente en presencia de Dios pueden naufragar rápidamente entre el montón de actividades que tenemos todos los días. Ver a Dios en nuestro trabajo, en nuestro trato con los demás o en nuestra vida familia requiere un esfuerzo que podemos dejar fácilmente.

Pero el no encontrar tiempo para Dios y alejarse paulatinamente puede provocar que un día le ofendamos seriamente. Quien es fiel en lo poco es fiel en lo mucho, nos cuenta Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio (Mt 25, 14-30). Las pequeñas infidelidades van llevando a las grandes, y un día acabamos diciendo una mentira seria, o tratando mal a nuestros padres, o cometiendo una falta grave contra la castidad. Y entonces recordamos claramente al pueblo judío. Nosotros mismos, a pesar de todas las cosas maravillosas que nos da Dios, del vacío que llena, del gran amor que nos tiene y los continuos milagros que obra en nuestras vidas, le somos infieles.

Dios respeta absolutamente nuestra libertad, y deja que tomemos nuestras propias decisiones. Acercarse a Él, reconciliarse tras una falta grave, es una tarea que le corresponde a nuestra voluntad.

Para ser fieles, necesitamos que la llama del amor por Dios esté continuamente alimentada. Los grandes propósitos también llevan a los grandes descalabros. Debemos decidirnos a seguir a Jesucristo en serio, pero estar concientes de nuestras limitaciones y de nuestra natural falta de fidelidad y pedirle a Dios ayuda en nuestra debilidad.

Para que nuestra fidelidad a Dios dure toda la vida, los pequeños actos y detalles son cruciales. Es fundamental formularse un pequeño plan para toda la vida, para todos los días. Son pequeñas acciones que, en conjunto, nos llevan a serle fieles a Dios toda la vida:


Plan de vida


1. Al levantarnos, dar gracias a Dios y ofrecerle todas nuestras labores.

2. Leer todos los días el Evangelio. Basta con unas cuantas páginas leídas con cuidado, con atención, tratando de “meternos”, como si fuéramos un personaje más.

3. Rezar el Ángelus al mediodía, para recordar a la Santa Madre de Dios.

4. Leer algún libro espiritual diez minutos. La lectura ha hecho muchos santos, así que siempre se puede tener un libro que nos ayude a reflexionar (puede utilizarse La Imitación de Cristo de Kempis, alguna antología de San Agustín, “Camino” del Beato Josemaría, o cualquier otro clásico de espiritualidad)

5. Hacer un rato de oración. Pueden ser quince minutos todos los días, pero lo importante es hacernos la disciplina de rezar a una hora fija, y de rezar exactamente el tiempo que nos propusimos.

6. Hacer en la noche un breve examen de conciencia: qué hicimos bien, qué hicimos mal, qué pudimos hacer mejor.


Este inicio del plan de vida, debe llevarnos a encender la llama de la fidelidad, y con el tiempo deberíamos agregar a este plan la misa diaria, el rezo todos los días del Santo Rosario, media hora de oración en la mañana y media hora en la noche y, muy importante, confesarnos cada 8 días (aún si no tenemos pecados graves, pues el sacramento de la reconciliación también nos da una Gracia adicional para evitar las caídas).

Recordemos siempre lo que nos enseñó Jesús con la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32). Aunque seamos infieles por nuestra condición humana o por nuestra debilidad o falta de voluntad personal, acerquémonos a Dios en el sacramento de la reconciliación, y Él, como nos lo narra el Evangelio, nos llenará de besos.

Pidámosle a la Santísima Virgen María, ejemplo incomparable de fidelidad, que nos enseñe a tener siempre encendida la llama del amor a Dios, para que nuestra vida de fe sea un “sí” para siempre.

La pureza del corazón

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Nuevamente vuelvo a insistir en un tema que a veces lo pasamos por alto, pero que es de vital importancia.

Es verdad que ante la vida de los demás, ante actitudes que nos parecen extravagantes, extrañas, nos resulte placentero juzgar, a ver qué sucede con esa persona. Nos gusta enterarnos de todos los detalles, de cuánto ha hecho el del lado, para después, con la información que tengo, crucificarlo con la lengua…

No nos damos cuenta cómo, es triste decirlo, del chisme, de la murmuración, vamos haciendo temas que incluso nos llenan el día…

Es muy triste, amigos, hablar y hablar y nunca decir algo que esconda “amor”….

Y nos justificamos: solemos escudarnos en nuestra psicología. “Somos así”, mi personalidad me lleva a hablar de los demás, ¿Y nunca nos hemos preguntado que quizás la psicología del otro puede ser causa de esa actitud que yo comento con tan mezquino e hiriente interés?

Yo propongo la pureza como arma para extirpar este vicio tan terrible.

La pureza es un don. Viene de Dios…Lo que significa que por nuestros propios medios, nunca seremos puros.

Muchas veces vamos a misa y todo nos parece aburrido. Pasamos de largo, pensamos que todo lo que sucede es un rito. ¿Para qué ir a misa si siempre es lo mismo?

Y no nos damos cuenta que somos nosotros los que siempre somos los mismos. Nuestra alma llena de prejuicios, atiborrada de chismes y de mentiras, no se da cuenta que Cristo está en la Eucaristía…Porque las cosas espirituales pasan de largo para una persona carnal, impura, que vive con su corazón, permítame decirlo, asqueado de sensualidad y mentiras.

La pureza tiene relación con la castidad porque también la sensualidad poco a poco nos va dejando ciegos, nos volvemos seres esclavos de nuestros deseos y obramos tal….Y por esa razón, a la larga, todo lo que no nos parezca sensual, lo rechazamos enérgicamente. Vienen el aburrimiento, la tristeza, la pereza….Los pecados más terribles son la causa de que digamos que “la misa no sirve”, “yo no me confieso con un hombre”….

No seremos puros de corazón si nuestro cuerpo y nuestra alma, no está liberada de estos pecados. Me he dado cuenta que vicios así están tan arraigados que, incluso, se transmiten por el uso y la costumbre, de generación en generación…

La felicidad de una persona está en estas cositas que parecen tan insignificantes, sin embargo tan vitales ¡No perdamos la vida buscando donde no hay, oración, fuerza y lucha para combatir estos males en nuestra propia vida, y evangelizar a nuestros hermanos!. Pureza de corazón, vivir limpios de cuerpo y alma para Dios….

Luis Robert
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La clave de la felicidad

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La felicidad verdadera y profunda es mucho más que solo aprender a disfrutar las cosas pequeñas y cotidianas, o aceptar nuestras cualidades y limitaciones.

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La época que nos ha tocado vivir tiene una obsesión por el bienestar y el placer, que a veces son confundidos con la felicidad. Podemos caer fácilmente en la trampa de buscar la felicidad por medio de los bienes materiales, o por el reconocimiento social.

Si creemos que está en nosotros mismos la solución para la felicidad, por supuesto terminaremos solos en esta búsqueda.

La felicidad verdadera y profunda es mucho más que solo aprender a disfrutar las cosas pequeñas y cotidianas, o aceptar nuestras cualidades y limitaciones. Una actitud positiva ayuda, pero no es necesariamente la llave para la felicidad.

Cuando volvemos la mirada a Dios, encontramos la única felicidad verdadera. Desde el Antiguo Testamento las Sagradas Escrituras nos dicen que es feliz quien ama a Dios, quien le busca y espera en Él (Sal 2, 12; 34, 9; 40, 5; 84, 13; 112, 1; Prv 16,20;28, 14;Ec/34, 15;Is30, 18; Tob 13, 14.) La felicidad, en último término, reside en la comunión con Dios y en Dios como persona (Sal 73, 25).

Jesús es una auténtica puerta a la felicidad y a la esperanza. Recordemos sus palabras cuando nos explica que son felices “Quienes escuchan la palabra de Dios” (Lc 11, 28), “Quienes creen sin haber visto” (Jn 20, 29), “Quienes practican la caridad con los necesitados” (Lc 14, 14), “Los humildes y serviciales con sus hermanos” (Jn 13, 17)

San Juan Crisóstomo decía que las riquezas no proporcionan felicidad ninguna cuando el alma vive en la pobreza. La felicidad, la dicha, no se tiene por las riquezas, ni por el poder, la autoridad o la dignidad. Tampoco por la sabiduría. Estos atributos no contienen la felicidad.

El Beato Josemaría Escrivá escribió que “El abandono en la Voluntad de Dios es el secreto para ser feliz en la tierra.—Di, pues: «meas cibus est, ut faciam voluntatem ejus»—mi alimento es hacer su Voluntad.” (Camino 766)

Nunca debemos olvidar como cristianos, que la verdadera felicidad no se encuentra en esta tierra ni en esta vida, sino en la salvación del alma. Jesús nos ha mandado desear los bienes divinos más, querer el cielo.

No podemos aspirar a la felicidad “en solitario”. Jesús es el amigo que nunca olvida, el consuelo siempre presente. Él nos explicó cómo podemos reconciliarnos con Dios y llenar nuestra vida de alegría. Con Él podemos encontrar la auténtica felicidad.

Ligado al tema de la felicidad, siempre está el concepto del sufrimiento. Jesús, es bueno recordarlo, era verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Nuestro Señor Jesucristo conoció el hambre, la sed, el cansancio. A Dios no le es ajeno nuestro sufrimiento. Sin embargo no olvidemos que para los católicos, el sufrimiento y la prueba tienen un sentido.

Cada vez que experimentamos contradicciones, tristezas, traiciones, son momentos de gran valor en nuestras vidas en los que podemos recordar a Simón de Cirene, que le ayudó a Jesús con el peso de la cruz. Cuando experimentamos penas y dolor o enfermedad, tenemos la oportunidad de convertirnos en Cirineos que ayudan a Jesús con la cruz.

Si vemos el mundo con ojos humanos, terminaremos sin entender por qué del sufrimiento. Pero si impregnamos nuestra vida de Dios, comenzaremos a ver las cosas de un modo distinto. Por contradictorio que pudiera parecernos, el sufrimiento es uno de los caminos de la felicidad cristiana, porque el sufrimiento a la luz de la cruz nos acerca a Jesús.

Dios espera que seamos cristianamente felices, y eso lo podemos lograr en nuestra vida ordinaria. Acercarse a Dios es encontrar la felicidad, y a Él se le puede encontrar en todos los momentos de nuestras vidas: en el taller, en la oficina, en la escuela, en la casa. Si nos vamos haciendo conscientes de la intervención permanente de Dios en nuestras vidas, iremos conociéndolo. Conocer a Dios es amarlo, y no hay un medio más seguro para la felicidad que amar a Dios, que cumplir Su voluntad. ¿Cuántas veces hemos visto el sufrimiento de nuestra vida en el pasado para finalmente entender que era necesario para obtener un bien mayor?

La llave de la felicidad está sintetizada en los dos mandamientos fundamentales: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Cuando toda nuestra atención está volcada hacia nosotros mismos, encontraremos abundantes motivos de tristeza y contradicción. Quien es egoísta y solo piensa en si mismo, va haciendo su vida solitaria y deja de encontrar sentido en las contradicciones que le aquejan. En cambio, quien vuelca su vida a los demás estará pendiente de auxiliar, de solidarizarse con el dolor ajeno. Y, extraordinariamente, al dejar de vernos a nosotros mismos sino de amar hacia fuera y volcarnos a los demás, nuestros propios problemas y sufrimientos se vuelven menos importantes. El gran antídoto contra el egoísmo es la caridad. Y la caridad es un camino a la felicidad en la que vamos de la mano como hermanos con quienes nos rodean.

Si queremos felicidad “instantánea” terminaremos llenos de frustración. La felicidad “de aspirina” no existe. Solo Dios, Trino y Uno es la felicidad verdadera. Conocerle y enamorarse de Él es un proceso que no ocurre de la noche a la mañana. Pero si nos acercamos a Jesús, Él nos abrirá las puertas del cielo. Conozcamos a Jesucristo leyendo el Evangelio, reconozcamos cómo impregna nuestras vidas y llevemos vidas rectas y apegadas a la voluntad de nuestro Padre.

Pidámosle a la Santísima Virgen, fiel intercesora nuestra, que nos enseñe el camino de la cruz de esta vida para convertirlo en camino de felicidad. Ella nos mostrará cómo un camino lleno de espinas puede convertirse en un camino cubierto de pétalos cuando lo empecemos a recorrer con Jesús.

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